El asedio de Tarragona de 1811: la caída de la última gran plaza de Cataluña
En la primavera de 1811, Tarragona era mucho más que una ciudad amurallada junto al mar. Tras la caída de Girona, Lleida y Tortosa, se había convertido en el último gran bastión español en Cataluña: sede de las autoridades del Principado, puerto abierto a la flota británica y refugio de miles de personas huidas del avance francés. Quien controlara Tarragona controlaría la costa catalana. Napoleón lo sabía, y encargó la tarea al general Louis-Gabriel Suchet y a su Ejército de Aragón.
Una ciudad que esperaba al enemigo
La caída de Tortosa, a comienzos de enero de 1811, dejó el camino despejado. En Tarragona se reforzaron las defensas, se reunieron tropas regulares, migueletes —compañías de voluntarios a sueldo, tradicionales en Cataluña— y somatenes, la milicia popular que se convocaba al toque de campana. La defensa quedó en manos del general Juan Senén de Contreras, mientras el marqués de Campoverde, al frente del ejército catalán, salió de la plaza para intentar socorrerla desde fuera.
Dentro de las murallas, la guerra no se libraba solo con cañones. La ciudad estaba llena de refugiados, de rumores y de sospechas de traición, y las autoridades temían tanto a los espías como a las bombas. Ese clima de conspiración es el punto de partida de La marca del traidor.
El asedio, paso a paso
A principios de mayo, las tropas de Suchet cercaron la ciudad. Su plan era metódico: ir tomando una a una las defensas exteriores antes de lanzarse sobre las murallas.
- El fuerte del Olivo, en la colina que domina Tarragona por el norte, cayó tras un asalto nocturno el 29 de mayo. Era la llave de la defensa exterior.
- La ciudad baja y el puerto, más expuestos, fueron cayendo durante el mes de junio. A partir de ahí, la artillería francesa podía batir de cerca la parte alta.
- El asalto final llegó el 28 de junio. Los franceses abrieron brecha en la muralla de la ciudad alta y entraron en ella. Lo que siguió fue uno de los saqueos más terribles de toda la guerra, con miles de muertos entre soldados y civiles.
Durante todo el asedio, una escuadra británica al mando del comodoro Edward Codrington permaneció frente a la costa apoyando a los defensores, pero sin poder cambiar el desenlace. El socorro que Campoverde intentaba organizar desde el exterior nunca llegó a tiempo.
Después de la caída
Contreras fue hecho prisionero y enviado a Francia. Suchet recibió poco después el bastón de mariscal de Francia, la recompensa de Napoleón por haber tomado la plaza.
Para Tarragona empezó una ocupación que duraría dos años, hasta agosto de 1813, cuando las tropas francesas abandonaron la ciudad volando parte de sus fortificaciones. Fueron años de requisas, ejecuciones y miedo, pero también de resistencia: dentro y fuera de las murallas, grupos de vecinos, somatenes y guerrilleros siguieron hostigando al ocupante. Esa resistencia, la de los llamados brigants, es la protagonista de Muerte al invasor.
Por qué contar esta historia
El asedio de Tarragona es mucho menos conocido que los de Zaragoza o Girona, y sin embargo reúne todos los ingredientes de una gran novela: una ciudad sitiada por mar y tierra, espías y traidores dentro de las murallas, héroes anónimos y un final trágico. Pasear hoy por el paseo arqueológico o por la Rambla es caminar por el escenario de aquellos dos meses de 1811.
Si te interesa la Guerra del Francés vista desde otras ciudades sitiadas, puedes leer también mis reseñas de Zaragoza, de Galdós, y de El asedio, de Pérez-Reverte.